Siempre he pensado que es una de las lunas más delicadas de tener. Para empezar, Piscis ya es uno de los signos más difíciles de explicar por aquello de que es el último, el más maduro, el más evolucionado, el todo y la nada. Y precisamente eso es lo que les pasa a las personas con la Luna situada en ese signo: que sienten todo a la vez.

Hay una acumulación de sensibilidad, abrumadora y desbordante, que les ahoga ante situaciones cotidianas. Ver a un anciano desvalido, un animal indefenso o cualquier situación de desigualdad puede encender su empatía y que se abra el dique sin saber muy bien cómo contenerlo. Por eso a menudo, y como mecanismo de defensa, se refugian en su mundo de fantasía. Dónde nada duele y todo es creado bajo idealizaciones románticas. Pero cuidado porque ese mundo imaginario se puede convertir, también, en su celda si eso les separa demasiado de la realidad. Michael Jackson incluso construyó Neverland para proteger a su luna pisciana.

Son altísimamente sensibles al sufrimiento ajeno porque parten de la base de que todos somos uno y tu dolor es mi dolor. De ahí nace la necesidad de salvar a todos con la esperanza última de ser salvados ellos mismos. He aquí la clave para trascender ésta Luna: poder ver que no hay nada que salvar sino mucho que abrazar. La sensación de desamparo que pueden experimentar de forma recurrente es una buena invitación a que entiendan a su regente, Neptuno, como la mayor fuente de amor que existe: pura, incondicional e inagotable.

Si tienes la Luna en Piscis, asegúrate de pasar momentos de retiro, cultivar tu propia espiritualidad y aprender a marcar bien límites con los demás.

¿Alguna presente en la sala?

 

«La única soledad que existe es la de aquel que no disfruta de su propia compañía»